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Praedicatho homélies à temps et à contretemps
Homélies du dimanche, homilies, homilieën, homilias. "C'est par la folie de la prédication que Dieu a jugé bon de sauver ceux qui croient" 1 Co 1,21

#homilias en espanol

AÑO NUEVO : ¿VOTOS PIADOSOS ? (L 2, 16-21)

Walter Covens #Homilías en español
    Una semana después de Navidad, y al día siguiente de la fiesta de la Sagrada Familia, en este primero de enero de 2007, aquí estamos otra vez reunidos cerca del nacimiento. Ya en las navidades y con motivo del Año Nuevo (hasta el 31 de enero, según dicen) tenemos la oportunidad de intercambiar votos con la gente a la que queremos… más o menos sinceramente… más o menos. Los políticos y eclesiásticos, el banco donde depositamos nuestros ahorritos, los periodistas y los presentadores de programas televisivos, todos emplean lindas fórmulas. Los regalos, eso puede costar caro. Los votos, incluso los « mejores », no cuestan nada o, si acaso (y cada vez menos ahora que tenemos Internet) el precio de una postal y de un sello. Nos empeñamos en inventar bellas frases, con una multiplicación de adjetivos, de superlativos : una verdadera inflación, un fuego artificial, como los que pudimos ver a las doce de la noche, ¡ pero barato ! Como lo decía el cardenal Martini en una de las homilías de Navidad, nosotros hablamos de votos sinceros, cordiales, muy cordiales, fervientes, muy fervientes ; los superlativos traicionan la precariedad de las emociones, la distancia que separa las palabras de los sentimientos que realmente quisiéramos expresar. Formulamos votos muy lindos de salud, de paz, de felicidad, pero a menudo ocurre que nuestras lenguas traicionan la conciencia que tenemos de que estas lindas palabras son efímeras. Por decirlo así, tenemos la impresión, muy molesta de entregarnos a cierto formalismo verboso. Y nosotros nos preguntamos de dónde viene esa tensión, típica de las grandes celebraciones, entre la necesidad ansiosa de expresar votos y sentimientos poderosos y, en cambio, el pudor, valga decir el miedo, que nos hace dudar de la sinceridad o incluso de la cortesía de esas fórmulas.

    Hablamos incluso de « votos piadosos ». Son votos sin esperanza de cumplimiento… En los votos, dirigidos este año a sus feligreses por Monseñor Méranville, el arzobispo de Martinica, hallamos cierto eco de lo que decía el ex-arzobispo de Milán en 1990 :

En umbrales del año nuevo 2007, intercambiamos votos. No se trata sencillamente de respetar las conveniencias. Pues, más allá de su formalismo, estos votos expresan sobre todo nuestro deseo de ser felices. Y ya que ignoramos lo que nos reserva el año que está empezando queremos, por decirlo asi, conjurar la mala suerte. Bien sabemos que los deseos no tienen eficacia mágica. No basta con expresarlos para que se cumplan. Sin embargo, expresándolos nos entregamos a su poder de autosugestión. Es una especie de Método Coué.

    Anoche pudimos oirlo repitiendo estas palabras por televisión. Las mismas advertencias se encuentran en su carta a los curas :

Esos votos y esos deseos repetidos año tras año pueden parecerse a simples trámites. En efecto, año tras año, las cosas y la vida parecen empeorar cada vez más. Nos amenazan a todos la contaminación del derrotismo y la tentación de bajar los brazos.

    Decididamente, ¡estos son dos análisis muy sombríos de la tradición de intercambiar votos en las Navidades y para el nuevo año! No debemos dejarlos de lado con tanta facilidad. Tengamos, más bien, el ánimo de recibirlos con serenidad para sacar provecho de ellos. Tengamos “el ánimo de tener miedo” (M. D. Molinié). Ese miedo que intentamos exorcizar con mucha torpeza, de manera casi irrisoria, con nuestros votos, no la neguemos, no la huyamos. ¡Mirémosla de frente! Es verdad que “somos una generación traumatizada por tantos choques”, tantas incertidumbres. Y hoy la mortificación es más necesaria y más  saludable no es la de la carne por cilicios, flagelaciones. Es la mortificación de la confianza, del abandono a la Providencia.

    Cuando nació Jesús, la Virgen María y San José tuvieron que pasar muchas privaciones. Pasaron frío. Pasaron hambre. Pero lo más difícil, lo más exigente para ellos era abandonarse con confianza al Padre. María se convirtió en la Madre de Dios diciendo « fiat » en el momento de la Anunciación, pero este « fiat », ¿cuántas veces tuvo que repetirlo caminando por el sendero angosto y empinado de la voluntad de Dios a lo largo de su vida ?
    San Francisco de Sales, a quien llaman justamente el Doctor del abandono, ve en la actitud del mismo Jesús una escuela del abandono cristiano. Este abandono no es sencillamente el abandono de los musulmanes, ni incluso la resignación de Job en el Antiguo Testamento. Es el abandono del que está bautizado en la sangre de Jesús. El 1° de enero de 1931 (tenía 28 años y estaba paralizado desde la adolescencia, acurrucada en su pequeño sofá) Marthe Robin mandaba apuntar en su diario :
¿Qué me reserva este nuevo año ? Lo ignoro y no quiero saberlo tampoco. (Si todo el mundo dijera lo mismo, ¡se acabarían los horóscopos y las “pitonisas”!) Me abandono al socorro que nunca me faltó. Mi primer pensamiento es un grito del corazón: “Dios mío, bendito sea  por todo lo que usted me pide. Lo acepto todo, me gusta todo.” El que es la Fuerza ayudará, envolverá mi debilidad. Lo que importa es no querer nada y aceptarlo todo, no pedir nada, quererlo todo. Es el “fiat” renovado de cada día... es la ascensión dolorosa pero alegre, sin parar o sin regreso... es amar cada vez más bajo el sol del amor divino. (...) Me abandono con toda sencillez y amor en Jesús misericordioso. Conoce mejor que yo todas mis necesidades y todo lo que Él necesita. Que eso me baste. No echar nada de menos, de lo que fue o no fue, nada es inútil, todo sirve de algo. Bendigo y bendeciré a mi Dios por todo lo que soy, todo lo que hice o más bien todo lo que hizo por mí… para mí.

    Se habla mucho de compromiso, hoy en día. Se dice : « Hay que comprometerse, el cristiano debe comprometerse ». Ahora bien, según escribe el Padre Molinié, un viejo cura dominicano :
La única manera correcta de invitar al compromiso no es alabando al compromiso (…) sino al objeto por el cual uno se compromete (…) El verdadero comprometido no habla de su compromiso. Habla de su tesoro, de la realidad que cuenta para él. (…) Los que se aferran a la naturaleza humana, a lo que queda de bueno y de sólido en el hombre, se apoyan, a mi parecer, en arena. La generación actual experimenta tanto cuestionamiento, tanto desamparo, tanto derrumbamiento de lo que más sólido le parecía, que desde un punto de vista humano ya no hay salvación posible. El equilibrio nervioso está demasiado afectado, ya no sabemos lo que quiere decir ser fiel a una palabra, a una promesa…

Lamentar todo eso es algo estéril. Si amáramos de verdad a Jesucristo nos alegraríamos de que ya no quede más solución, pero que esté Él, el Salvador. Es la buena manera de ser modernos, y es la única. Aunque se dejan engañar por espejismos, los jóvenes reclaman realidades. La única que podamos brindarles es el amor de Dios. Cuando ya no hay nada que hacer desde un punto de vista humano, es lo único que podemos dar. Si  no lo  tenemos, no tenemos nada, nos merecemos ser barridos, pisoteados. Es verdad frente a los moribundos, a los enfermos, a los prisioneros, a los que lo perdieron todo, a los desesperados en general. Es verdad, en definitiva, para la generación actual. Si queremos ser “actuales”, no debemos apegarnos a los valores humanos que van a pique, por buenos que sean. (…)

Jóvenes o ancianos, si no avanzamos hacia el Salvador y su gracia, ya no tenemos nada. Siempre es un error apegarse a valores humanos, pero hoy en día es algo mortal porque se están derrumbando. La peor manera de ser « de su tiempo » es siendo humanista. Hay épocas en que es posible, en que no es catastrófico. Es, después de todo, un buen camino el empezar queriendo al hombre en su verdad, para elevarse progresivamente hacia el Reino. Pero hoy en día, tal vez sea un ensueño peligroso pues exime de buscar el verdadero remedio. Esta generación desequilibrada no será « humana » : será divina o demoníaca, sobrenatural o descompuesta.

    Esta es una opinión que no oímos todos los días, y mucho menos un primero de enero. Son palabras vigorosas, que conmueven. Pero, era importante para mí decírselas hoy. Las confío a la intercesión de la Madre de Dios, que también es nuestra madre. La vocación del cura es darles a Jesús como él sólo puede dárselo. Pero no es la única manera. María no era cura. José tampoco. Nos dieron a Jesús y nada más, cumpliendo con su deber de esposo y esposa, de padre y madre, de carpintero y mujer de hogar, con fidelidad, hasta el final.

    Entonces, por su intercesión, y con toda la Iglesia, roguemos y pidámosle a Dios, no como todo el mundo : « salud, sobre todo », sino como nos lo enseña la liturgia : sobre todo la fidelidad al Evangelio :
Dios que eres la vida sin principio ni final, te encargamos este año nuevo ; quédate con nosotros hasta su término : que sea para nosotros, por tu gracia, un tiempo de alegría, y más aún, un tiempo de fidelidad al Evangelio (oración de la misa para comenzar un año).


                            Traducido por Jean-Louis Joachim

EL EVANGELIO DEL NIÑO (Lc 2, 41-52)

Walter Covens #Homilías en español
¡Queridos niños!

Nace Jesús   

(…) La Navidad es la fiesta de un Niño, de un recién nacido. ¡Por esto es vuestra fiesta! (…)

    Parece que os estoy viendo: preparando en casa, en la parroquia, en cada rincón del mundo el nacimiento, reconstruyendo el clima y el ambiente en que nació el Salvador. ¡Es cierto! En el período navideño el establo con el pesebre ocupa un lugar central en la Iglesia. Y todos se apresuran a acercarse en peregrinación espiritual, como los pastores la noche del nacimiento de Jesús. Más tarde los Magos vendrán desde el lejano Oriente, siguiendo la estrella, hasta el lugar donde estaba el Redentor del universo.

    También vosotros, en los días de Navidad, visitáis los nacimientos y os paráis a mirar al Niño puesto entre pajas. Os fijáis en su Madre y en san José, el custodio del Redentor. Contemplando la Sagrada Familia, pensáis en vuestra familia, en la que habéis venido al mundo. Pensáis en vuestra madre, que os dio a luz, y en vuestro padre. Ellos se preocupan de mantener la familia y de vuestra educación. En efecto, la misión de los padres no consiste sólo en tener hijos, sino también en educarlos desde su nacimiento.
   
    Queridos niños, os escribo acordándome de cuando, hace muchos años, yo era un niño como vosotros. Entonces yo vivía también la atmósfera serena de la Navidad, y al ver brillar la estrella de Belén corría al nacimiento con mis amigos para recordar lo que sucedió en Palestina hace 2000 años. Los niños manifestábamos nuestra alegría ante todo con cantos. ¡Qué bellos y emotivos son los villancicos, que en la tradición de cada pueblo se cantan en torno al nacimiento! ¡Qué profundos sentimientos contienen y, sobre todo, cuánta alegría y ternura expresan hacia el divino Niño venido al mundo en la Nochebuena!

    También los días que siguen al nacimiento de Jesús son días de fiesta: así, ocho días más tarde, se recuerda que, según la tradición del Antiguo Testamento, se dio un nombre al Niño: llamándole Jesús. Después de cuarenta días, se conmemora su presentación en el Templo, como sucedía con todos los hijos primogénitos de Israel. En aquella ocasión tuvo lugar un encuentro extraordinario: el viejo Simeón se acercó a María, que había ido al Templo con el Niño, lo tomó en brazos y pronunció estas palabras proféticas: « Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel » (Lc 2, 29-32). Después, dirigiéndose a María, su Madre, añadió: « Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones » (Lc 2, 34-35). Así pues, ya en los primeros días de la vida de Jesús resuena el anuncio de la Pasión, a la que un día se asociará también la Madre, María: el Viernes Santo ella estará en silencio junto a la Cruz del Hijo. Por otra parte, no pasarán muchos días después del nacimiento para que el pequeño Jesús se vea expuesto a un grave peligro: el cruel rey Herodes ordenará matar a los niños menores de dos años, y por esto se verá obligado a huir con sus padres a Egipto.

    Seguro que vosotros conocéis muy bien estos acontecimientos relacionados con el nacimiento de Jesús. Os los cuentan vuestros padres, sacerdotes, profesores y catequistas, y cada año los revivís espiritualmente durante las fiestas de Navidad, junto con toda la Iglesia: por eso conocéis los aspectos trágicos de la infancia de Jesús.

    ¡Queridos amigos! En lo sucedido al Niño de Belén podéis reconocer la suerte de los niños de todo el mundo. Si es cierto que un niño es la alegría no sólo de sus padres, sino también de la Iglesia y de toda la sociedad, es cierto igualmente que en nuestros días muchos niños, por desgracia, sufren o son amenazados en varias partes del mundo: padecen hambre y miseria, mueren a causa de las enfermedades y de la desnutrición, perecen víctimas de la guerra, son abandonados por sus padres y condenados a vivir sin hogar, privados del calor de una familia propia, soportan muchas formas de violencia y de abuso por parte de los adultos. ¿Cómo es posible permanecer indiferente ante al sufrimiento de tantos niños, sobre todo cuando es causado de algún modo por los adultos?

Jesús da la Verdad

    El Niño, que en Navidad contemplamos en el pesebre, con el paso del tiempo fue creciendo. A los doce años, como sabéis, subió por primera vez, junto con María y José, de Nazaret a Jerusalén con motivo de la fiesta de la Pascua. Allí, mezclado entre la multitud de peregrinos, se separó de sus padres y, con otros chicos, se puso a escuchar a los doctores del Templo, como en una « clase de catecismo ». En efecto, las fiestas eran ocasiones adecuadas para transmitir la fe a los muchachos de la edad, más o menos, de Jesús. Pero sucedió que, en esta reunión, el extraordinario Adolescente venido de Nazaret no sólo hizo preguntas muy inteligentes, sino que él mismo comenzó a dar respuestas profundas a quienes le estaban enseñando. Sus preguntas y sobre todo sus respuestas asombraron a los doctores del Templo. Era la misma admiración que, en lo sucesivo, suscitaría la predicación pública de Jesús: el episodio del Templo de Jerusalén no es otra cosa que el comienzo y casi el preanuncio de lo que sucedería algunos años más tarde.

    Queridos chicos y chicas, coetáneos del Jesús de doce años, ¿no vienen a vuestra mente, en este momento, las clases de religión que se dan en la parroquia y en la escuela, clases a las que estáis invitados a participar? Quisiera, pues, haceros algunas preguntas: ¿cuál es vuestra actitud ante las clases de religión? ¿Os sentís comprometidos como Jesús en el Templo cuando tenía doce años? ¿Asistís a ellas con frecuencia en la escuela o en la parroquia? ¿Os ayudan en esto vuestros padres?

    Jesús a los doce años quedó tan cautivado por aquella catequesis en el Templo de Jerusalén que, en cierto modo, se olvidó hasta de sus padres. María y José, regresando con otros peregrinos a Nazaret, se dieron cuenta muy pronto de su ausencia. La búsqueda fue larga. Volvieron sobre sus pasos y sólo al tercer día lograron encontrarlo en Jerusalén, en el Templo. « Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando » (Lc 2, 48). ¡Qué misteriosa es la respuesta de Jesús y cómo hace pensar! « ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? » (Lc 2, 49). Era una respuesta difícil de aceptar. El evangelista Lucas añade simplemente que María « conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón » (2, 51). En efecto, era una respuesta que se comprendería sólo más tarde, cuando Jesús, ya adulto, comenzó a predicar, afirmando que por su Padre celestial estaba dispuesto a afrontar todo sufrimiento e incluso la muerte en cruz.

    Jesús volvió de Jerusalén a Nazaret con María y José, donde vivió sujeto a ellos (cf. Lc 2, 51). Sobre este período, antes de iniciar la predicación pública, el Evangelio señala sólo que « progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres » (Lc 2, 52).

    Queridos chicos, en el Niño que contempláis en el nacimiento podéis ver ya al muchacho de doce años que dialoga con los doctores en el Templo de Jerusalén. El es el mismo hombre adulto que más tarde, con treinta años, comenzará a anunciar la palabra de Dios, llamará a los doce Apóstoles, será seguido por multitudes sedientas de verdad. A cada paso confirmará su maravillosa enseñanza con signos de su potencia divina: devolverá la vista a los ciegos, curará a los enfermos e incluso resucitará a los muertos. Entre ellos estarán la joven hija de Jairo y el hijo de la viuda de Naim, devuelto vivo a su apenada madre.
Es justamente así: este Niño, ahora recién nacido, cuando sea grande, como Maestro de la Verdad divina, mostrará un afecto extraordinario por los niños. Dirá a los Apóstoles: « Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis », y añadirá: « Porque de los que son como éstos es el Reino de Dios » (Mc 10, 14). Otra vez, estando los Apóstoles discutiendo sobre quién era el más grande, pondrá en medio de ellos a un niño y dirá: « Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los cielos » (Mt 18, 3). En aquella ocasión pronunciará también palabras severísimas de advertencia: « Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar » (Mt 18, 6).

    ¡Qué importante es el niño para Jesús! Se podría afirmar desde luego que el Evangelio está profundamente impregnado de la verdad sobre el niño. Incluso podría ser leído en su conjunto como el « Evangelio del niño ».

    En efecto, ¿qué quiere decir: « Si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los cielos »? ¿Acaso no pone Jesús al niño como modelo incluso para los adultos? En el niño hay algo que nunca puede faltar a quien quiere entrar en el Reino de los cielos. Al cielo van los que son sencillos como los niños, los que como ellos están llenos de entrega confiada y son ricos de bondad y puros. Sólo éstos pueden encontrar en Dios un Padre y llegar a ser, a su vez, gracias a Jesús, hijos de Dios.

    ¿No es éste el mensaje principal de la Navidad? Leemos en san Juan: « Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros » (1, 14); y además: « A todos los que le recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios » (1, 12). ¡Hijos de Dios! Vosotros, queridos niños, sois hijos e hijas de vuestros padres. Ahora bien, Dios quiere que todos seamos hijos adoptivos suyos mediante la gracia. Aquí está la fuente verdadera de la alegría de la Navidad, de la que os escribo ya al término del Año de la Familia. Alegraos por este « Evangelio de la filiación divina ». Que, en este gozo, las próximas fiestas navideñas produzcan abundantes frutos, en el Año de la Familia. (…)


¡Alabad el nombre del Señor!

    Permitidme, queridos chicos y chicas, que al final de esta Carta recuerde unas palabras de un salmo que siempre me han emocionado: ¡Laudate pueri Dominum! ¡Alabad niños al Señor, alabad el nombre del Señor. Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre. De la salida del sol hasta su ocaso, sea loado el nombre del Señor! (cf. Sal 113112, 1-3). Mientras medito las palabras de este salmo, pasan delante de mi vista los rostros de los niños de todo el mundo: de oriente a occidente, de norte a sur. A vosotros, mis pequeños amigos, sin distinción de lengua, raza o nacionalidad, os digo: ¡Alabad el nombre del Señor!

    Puesto que el hombre debe alabar a Dios ante todo con su vida, no olvidéis lo que Jesús muchacho dijo a su Madre y a José en el Templo de Jerusalén: « ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? » (Lc 2, 49). El hombre alaba al Señor siguiendo la llamada de su propia vocación. Dios llama a cada hombre, y su voz se deja sentir ya en el alma del niño: llama a vivir en el matrimonio o a ser sacerdote; llama a la vida consagrada o tal vez al trabajo en las misiones... ¿Quién sabe? Rezad, queridos muchachos y muchachas, para descubrir cuál es vuestra vocación, para después seguirla generosamente.

Vaticano, 13 de diciembre de 1994.

Juan Pablo II, CARTA DEL PAPA A LOS NIÑOS EN EL AÑO DE LA FAMILIA

                    Copyright © Libreria Editrice Vaticana

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