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Praedicatho homélies à temps et à contretemps
Homélies du dimanche, homilies, homilieën, homilias. "C'est par la folie de la prédication que Dieu a jugé bon de sauver ceux qui croient" 1 Co 1,21

Un evangelio fiable para una catequesis sólida (Lc 1, 1-4; 4, 14-21)

Walter Covens #Homilías en español
3 TOC ev
    En mi homilía del domingo pasado, cuando meditamos a partir del episodio de las Bodas de Caná, tuve la oportunidad de insistir sobre el carácter a la vez histórico y simbólico del Evangelio de Juan. Hoy, en  el prólogo de su Evangelio, San Lucas da muestras de la misma preocupación por la precisión histórica, como lo recuerda al pricipio de los Hechos de los Apóstoles (Ac 1, 1) : Querido Teófilo : en mi primer libro traté todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el primer día…

    Asimismo, San Juan escribe (1  Jn 1, 1-3):
Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos contemplado con nuestros ojos, lo que hemos visto y que nuestras manos han tocado es la Palabra, la Palabra de la vida. Sí, la vida se ha manifestado, la hemos contemplado y damos nuestro testimonio : os anunciamos esta vida eterna que estaba junto al Padre y que se ha manifestado ante nosotros. Lo que hemos contemplado y lo que hemos oído, lo anunciamos también a vosotros…

    Nuestra fe cristiana descansa en hechos históricos y no en fábulas, mitos. Está basada en la    Historia y no en « historias ». La Palabra se hizo carne y vivió entre nosotros (Jn 1, 14). La diferencia entre Juan y Lucas, es que Juan es testigo ocular. San Lucas, por su parte, no lo es, pero se  informó « cuidadosamente de todo desde los orígenes » con « los que, desde el principio fueron los testigos oculares y se convirtieron en servidores de la Palabra » para que todos pudieran darse cuenta de la « solidez de las enseñanzas » recibidas. San Mateo también es testigo ocular, mientras que el Evangelio de San Marco es el reflejo de la predicación de San Pedro.

    Hay que insistir en el carácter histórico del Evangelio de San Lucas, como de los otros tres, ya que la solidez de nuestra fe depende de ello. Hoy en día, es de buen tono oponer el « Jesús de la fe » al « Jesús de la historia ». El « Jesús de la fe » no tendría casi nada que ver con el « Jesús de la historia », a propósito del cual aseguran que no podemos saber mucho. El « Jesús de la fe », por su parte, no tiene nada que ver con la ciencia y, según dicen, no tiene credibilidad.

    Esta oposición es peligrosa, pues acarrea la ruina de la fe cristiana. Según una encuesta, la mitad de los franceses están convencidos de que la existencia misma de Jesús es dudosa, cuando ella es una de las más atestiguadas. No tenemos  documentación histórica abundante sobre ningún personaje de la Antigüedad. Sin embargo, dudamos de la existencia de Jesús cuando no se le ocurriría a nadie dudar de la existencia de Julio César. Este hecho da que pensar, pero no es fortuito. Es el resultado de múltiples intentos de destruir la fe, con unos best-sellers « que se suceden por decenas desde finales del siglo XVIII  hasta  hoy en día. Véase el reciente Da Vinci Code…

    El colmo es cuando la fe de los creyentes  va a remolque de la crítica de los no creyentes, como si, en vez de llamar a unos expertos para dictaminar sobre el valor de una obra de arte o una pieza musical se llamara a unas personas ciegas o sordas. Los Evangelios fueron escritos por personas creyentes y para personas creyentes y hace falta un mínimo de fe para entenderlos.

    Las sospechas pasan. El Evangelio queda. (R. Laurentin).
    Hoy en día, las palabras iniciales del Evangelio de San Lucas son, pues, más importantes que nunca. Si las olvidamos o las descuidamos, nuestra fe cristiana ya no descansa en bases sólidas y se derrumbará tarde o temprano.

Eso, en efecto, es importantísimo : nuestra religión no sólo es una « ideología » más, es decir una sistematización siempre cuestionable de ideas, tan lindas como queramos. Se origina en hechos sorprendentes pero comprobados y atestiguados –toda la sucesión de los Evangelios lo demostrará- es la vida, la muerte y la resurrección     del Cristo. Y de eso, todo el « cristianismo » no hará más que sacar consecuencias (A. Feuillet).
    Para comprenderlo hay que tener una idea bastante precisa de la manera como los Evangelios llegaron hasta nosotros.

1. Como punto de partida están Jesús y los acontecimientos de su vida. No se trata de ideología sino de acontecimientos, inscritos en la Historia. Esos acontecimientos tuvieron lugar « entre nosotros ». Eso no quiere decir que Lucas haya formado parte de los que rodearon a Jesús, sino que en el momento en que está escribiendo su prólogo, todavía quedan unos discípulos vivos.
    
2. Luego está el testimonio de los Apóstoles. De esos acontecimientos fueron los apóstoles «testigos oculares », no a hurtadillas sino « desde  el principio » o sea del Bautismo a la Resurrección.    

3. Por lo mismo, los que vieron se convirtieron en « servidores de la Palabra » desde     el Pentecostés. Ese el paso del ver al decir. Ese paso es de lo más lógico, dado que Jesús, al que vieron es la Encarnación de la Palabra. Por eso dirá Orígenes :

Está escrito en el Éxodo : « El pueblo verá la voz de Dios ». Claro que se oye la voz antes de verla. Pero eso fue escrito para enseñarnos que hacen falta otros ojos para ver la voz de dios y la ven los que tienen la posibilidad de verla. Pero en el Evangelio de San Lucas ya no es la voz la que se ve sino la Palabra : « los que la vieron y fueron servidores de la Palabra ». Y la Palabra es más que la voz. Los Apóstoles vieron la Palabra : no porque tuviera bajo los ojos el cuerpo del Señor Salvador sino porque vieron la Palabra. Si sólo se tratara de materia, Pilato hubiera visto la Palabra y también Judas y todos los que gritaron : « ¡Crucifícalo ! ». Ver la Palabra de Dios, el Salvador, explica lo que es : « El que me ve, también ve al Padre que me mandó ».

4. Ya que la tradición cristiana está sólidamente enlazada por esta Palabra de los apóstoles al mismo Cristo–Palabra, su papel es trasmitir lo que recibió de los testigos oculares. Y el primer trabajo, en este sentido, es el de « hacer una relación ordenada ». Aquí también esto es muy lógico ya que el tema de esta composición son los acontecimientos de la vida y la muerte de Jesús. El “valor añadido”, por decirlo así, es la « composición »,  una búsqueda de unidad entre diversos fragmentos, lo que, según dice San Lucas, varios se habían propuesto antes.

5. Esta tradición de la Palabra de Dios, encarnada en Jesucristo, repetida por los Apóstoles, va a encontrar su « com-posición » definitiva con el trabajo de los cuatro Evangelistas. San Lucas nos confiesa cuál fue su método : está basado en una información « cuidadosa » (« acribôs, a partir de la cual los científicos sacaron la palabra acribia,¡para designar una precisión científica » !) « de todo », pues tan precisa como posible, « desde los orígenes », es decir más allá del Bautismo de Jesús, de su infancia. Para eso, San Lucas se nutre de las fuentes no sólo las « relaciones ordenadas » que otros habían escrito antes que él, sino de « los testigos oculares », « los servidores de la Palabra » a los que pudo encontrar, sin excluir a la Virgen María y a los demás miembros de « la familia de Jesús ».

    Todo eso, « para ti, querido Teófilo », es decir para todos los discípulos venideros de Cristo, para que nos percatemos de la solidez de las enseñanzas (de la catequesis – es la palabra griega empleada por San Lucas) recibidas.

    Lo que yo les estoy diciendo ha sido confirmado por las investigaciones de ciento cincuenta años de exégesis intensa sobre la génesis de los Evangelios. Así pues, hay que cantar bien alto, contra vientos y mareas, la alabanza de la autenticidad de esos escritos esenciales para nuestra fe.
Pero el argumento más convincente en favor de la verdad histórica de los Evangelios es la experiencia que vivimos en nosotros mismos cada vez que estamos afectados profundamente por una palabra de Cristo. ¿Qué otra palabra, antigua o nueva, tuvo alguna vez semejante poder ? (R. Cantalamessa).

                            Traducción de Jean-Louis Joachim
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